Superando la empatía sectorizada

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Superando la empatía sectorizada

EVERT SILVA ALIAGA

El alto grado de empatía que se profesan las personas que conviven en un espacio común o comparten experiencias e intereses, es un fenómeno particular y que, al prestarle mayor atención, nos devela un saber interesante para la crianza y la educación de las generaciones más jóvenes y, porque no, para reponer y fortalecer la empatía de quienes tenemos la tarea de educarlos. No solo se trata de ver únicamente las bondades de la empatía, sino de reconocer sus riesgos cuando no se acompaña y desarrolla desde un ejercicio pedagógico estructurado, es decir, intencionado. Es aquí en donde los «Círculos de paz» juegan un papel importante.  

Desde nuestra niñez y más en la adolescencia, solemos relacionarnos no solo con los más cercano a nosotros, sino también con los que se parecen a nosotros. Ante el despertar de la libertad y el ensanchamiento del mundo, esta forma nos permite optimizar el tiempo, en tanto que nos favorece poner en ejercicio el impulso relacional, así como la consolidación de la propia identidad a través de la satisfacción de la necesidad de pertenencia y arraigo.

«La experiencia nos demuestra que la empatía nacida y cultivada en la intimidad, afianza los lazos y genera un sistema de cuidado grupal. Sin duda, la empatía permite que las personas comprendan mejor a los demás.»

El ímpetu de relacionarnos y pertenecer nos lleva a despertar y dejar actuar a la empatía. Vamos aprendiendo a reconocer, entender y comprometernos con los otros, prioritaria y particularmente con quienes guardamos relación con nuestros valores, intereses, necesidades y/o capacidades. La experiencia nos demuestra que la empatía nacida y cultivada en la intimidad, afianza los lazos y genera un sistema de cuidado grupal. Sin duda, la empatía permite que las personas comprendan mejor a los demás.

La aparición de la empatía no solamente es un empuje natural, sino que también culturalmente recibimos un tanto de impulsos desde nuestra familias, territorios y estilos de consumo. Con todo lo emergente y recibido vamos moldeando y consolidando nuestra empatía en grupos de acompañamiento y crecimiento que valoramos, cuidamos, comprendemos y apoyamos. Desde esta práctica nuestra empatía queda en riesgo de tornarse selectiva.

«Surgen los posicionamientos de extremos, que no solo niegan lo distinto, sino que también evitan todo contacto con lo disímil.»

Los grupos de crecimiento, sin reflexión y acercamiento crítico y extenso a lo diferente, entorpecen el aprendizaje de sanas capacidades sociales para relacionarse con lo diferente y opuesto, generan sectarismos, los mismos que, para evitar confrontaciones, acuden a la polarización. Surgen los posicionamientos de extremos, que no solo niegan lo distinto, sino que también evitan todo contacto con lo disímil. El cultivo de la empatía solamente en entornos semejantes, idealizados y de espaldas a lo diferente y opuesto, genera habilidad empática pobre de entendimiento y acercamiento, debilitada, quisquillosa y limitada.  

Construir la identidad a partir de grupos de pertenencia no es exclusivo del mundo de los adolescentes, social e históricamente ha sido una realidad que nos ha causado infinitud de frustraciones, conflictos y daños. Los grupos de identidad social como la raza, la religión, la nacionalidad han presidido a las formas más contemporáneas, como la clase social, los gustos musicales, afiliación a equipos deportivos, las capacidades de consumo, el nivel de estudio, la posición política, entre otros.   

Somos testigos en el mundo adulto de la polarización ideológica, la cual debela la ausencia de habilidades relacionales para estar y permanecer junto a lo diferente y opuesto. Algo similar vemos en los y las estudiantes, quienes, ante la ausencia de programas de vida comunitaria y sólidos proyectos de convivencia, satisfacen su necesidad de empatía consolidando grupos de pertenencia que desconocen o carecen de prácticas para acercarse a lo diferente y opuesto.

La investigación de 2019, desarrollada en la Universidad de Houston, sobre la preocupación empática y polarización política, deja en evidencia que las personas que son naturalmente empáticas, además de tener mayor disposición para integrarse a grupos de crecimiento y vida, son más propensas a sentir enojo hacía lo que está en la parte opuesta, así como a sentir cierto placer cuando estos sufren.

La empatía es una necesidad profundamente humana y busca ser satisfecha. Sin experiencias que ofrezca satisfactores intencionados, la empatía puede quedar sesgada en el propio grupo de pertenencia, lo cual alimenta la polarización, acrecienta la división, la exclusión, el rechazo, la instrumentalización y daño de lo otro. Bajo esta modalidad, las personas reprimen la compasión cuando lo otro entra en conflicto con sus experiencias y puntos de vista, olvidan ser compasivos con lo diferente y opuesto y están propensos en acudir a la violencia para resolverlo.  

«Los círculos de paz no solamente brindan contención emocional ante el descubrimiento de verse diferente, sino que también permiten contar con un grupo de acompañamiento ante las limitaciones.»

No se trata solamente de hablar de empatía, de mostrarla y pedir que suceda, se requiere de la consolidación de una estructura pedagógica que brinde prácticas y consolide entornos abiertos y dispuestos para tener conversaciones compasivas y difíciles, con lo diferente y opuesto, sin perder las opciones y valores personales, encontrando más bien principios de vida legítimos y comunes para todos. Se requiere prácticas para aprender a estar y permanecer junto a lo diferente.     

La interacción con personas, grupos diferentes o estigmatizados a través de conversaciones estructuradas, como los círculos de paz, que vayan más halla de las conversaciones argumentativas que persigan metas, hipótesis o verdades, llevan a cambios de opinión sobre las creencias de uno mismo y de los demás.

Las conversaciones debidamente facilitadas son la clave para minimizar y superar las polarizaciones, los radicalismos, las agresiones y daños. La práctica de estos escenarios que sostienen conversaciones significativas construye nuevos vínculos, mantienen las relaciones, sostienen colaboraciones, posibilitan amistades con personas que no siempre deben estar de acuerdo o hacer lo mismo. Los círculos de paz no solamente brindan contención emocional ante el descubrimiento de verse diferente, sino que también permiten contar con un grupo de acompañamiento ante las limitaciones. Los círculos de paz favorecen los vínculos y el cuidado mutuo incluso ante los abismos de las diferencias.      

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